43 problemas auditivos, etc. Asimismo, permite detectar irregularidades en la córnea, en cristalino y opacidades en los medios. Por contra, el foróptero es el aparato utilizado para la graduación subjetiva de la vista: la persona examinada interviene en el proceso, va diciendo si ve mejor o no con una lente u otra. Esta herramienta tiene incorporadas una serie de filtros, lentes de colores, polarizadas y unos sistemas de prismas, que posibilitan hacer una batería completa de pruebas optométricas, para evaluar no solo el estado refractivo (la graduación), sino también el estado acomodativo y binocular de los ojos (forias-desviaciones, estrabismos latentes, etc.). Por otro lado, el oftalmoscopio es un instrumento óptico que se usa para la observación de las estructuras del ojo. Además del ocular y la fuente de luz, cuenta con una serie de filtros y un juego de lentes para enfocar lo que se quiere observar. Y por último, pero no menos importante, el profesional de la optometría suele contar en su establecimiento con el queratómetro, también llamado oftalmómetro, un instrumento optométrico que sirve para medir la curvatura de los 3-4 mm centrales de la superficie exterior de la córnea. Consiste en un rayo de luz que se proyecta en la córnea, donde se refleja en el “espejo” que forma su cara convexa, dando una imagen determinada de cada uno de los meridianos principales de la córnea y cuya diferencia constituye el astigmatismo corneal del ojo. El astigmatismo corneal originado por la diferencia de curvatura de los meridianos principales de la cara externa de la córnea supone la parte más importante del astigmatismo refractivo cuantitativamente hablando, por lo que tiene que ser tenido en cuenta en todos los exámenes optométricos. “Esta medida también es fundamental en la adaptación de lentes de contacto, ya que conocer con exactitud la curvatura central de los meridianos corneales principales, es imprescindible para calcular cuál es el radio de la primera lente de prueba, que es uno de los primeros pasos del proceso de adaptación individualizada de las lentes de contacto que siempre debe ser supervisado por un óptico optometrista”, destacan desde el colegio profesional. Revisión optométrica en edades pediátricas La evaluación de un paciente pediátrico puede llegar a suponer un auténtico reto clínico. Sin embargo, como pone de relieve la Guía Clínica sobre el examen visual optométrico pediátrico, “no se debe olvidar que el objetivo del examen no difiere del de cualquier otro paciente: obtener información funcional y estructural sobre el ojo y el sistema visual”. Aunque, claro está, sea diferente en función de la edad del niño, del estado de desarrollo, del nivel de cooperación y de su capacidad para interactuar con el examinador. Así las cosas, según la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria, en el recién nacido y el lactante, el cribado busca la detección precoz de problemas oculares graves aunque infrecuentes, como la catarata congénita o el retinoblastoma. En la edad preescolar, por su parte, tiene como objetivo la detección de la ambliopía y determinados trastornos que suponen un factor de riesgo para desarrollarla. Y en la edad escolar, el cribado se basa en la detección de la disminución de la agudeza visual por errores de refracción. Cierto es que el desarrollo evolutivo del paciente determina el nivel de precisión y el tiempo disponibles pero, en esencia, acorde con la Guía Clínica, “es fundamental recabar información sobre el nivel de agudeza visual, el estado refractivo, binocularidad y salud ocular, tanto del polo anterior, como del posterior”. Grosso modo, el estudio visual en menores consta de una primera parte puramente visual en la que los ópticos optometristas evalúan la visión binocular del niño, si presenta una AV (agudeza visual) adecuada para su edad, tanto en lejos como en cerca, si desvía alguno de sus ojos, si presenta visión en tres dimensiones, la capacidad de enfocar y flexibilidad de enfoque, o si sus movimientos oculares son precisos y de calidad para ser un buen lector. Después, se realiza una evaluación perceptual a fin de determinar cómo capta y procesa la información que le llega al cerebro mediante los sentidos. En base a una batería de test, el profesional puede determinar el desarrollo de las habilidades perceptuales del paciente, como observar si el niño es capaz de ver los detalles con nitidez o comprobar la memoria visual. De esta forma, es posible concluir si el paciente es capaz hacer una foto a la imagen que quiere memorizar o por el contrario hace repeticiones para conseguir grabarla, entre otras; todas ellas influyen en el aprendizaje escolar. En resumidas cuentas, el CGCOO advierte de que “los defectos visuales en los niños pueden ser, según el tipo, devastadores para su visión, tales como una hipermetropía alta que podría desestabilizar su visión binocular, un astigmatismo alto que podría provocar un ojo vago, etc.” En cambio, “otras veces se detecta un problema visual que, a priori, el profesional decide no corregir, aunque sí controlar periódicamente, pues el crecimiento puede mejorar o agudizar un defecto refractivo”. Si resulta profesionalmente controlado, conducirá en un elevado porcentaje de casos, a adultos en posesión de un sistema visual en óptimas condiciones. LA EVALUACIÓN DE UN PACIENTE PEDIÁTRICO PUEDE LLEGAR A SUPONER UN AUTÉNTICO RETO CLÍNICO
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